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jueves, 6 de marzo de 2008

¿Por qué nos da gripe con el frío?

Fuente: BBC Mundo.

¿Alguna vez se ha preguntado por qué los seres humanos tendemos a enfermarnos de gripe cuando hace frío?

Un equipo de científicos en Estados Unidos afirma que ha encontrado la respuesta.

Los investigadores de los Institutos Nacionales de Salud descubrieron que los virus se cubren de un material graso que se endurece como un gel protegiéndolos en el frío.

Este recubrimiento, explican, se derrite en las temperaturas más altas del tracto respiratorio, lo que permite que el virus infecte a las células.

Los científicos esperan que su estudio, publicado en la revista especializada Nature Chemical Biology conduzca a nuevos tratamientos.

"Es una información magnífica y esperamos que se pueda confirmar" dijo a BBC Ciencia el doctor Luis Fidel Avendaño, del Programa de Virología del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Chile.

"Porque siempre la incógnita ha sido por qué a pesar de la globalización, los viajes y el contacto de la gente del hemisferio norte y sur, el virus de influenza se restringe a ciertas épocas en distintas partes del mundo", agrega el experto.

Protección

Según los investigadores, la resistente capa elástica alrededor del virus que se forma en temperaturas frías le ofrece la protección que se necesita para pasar de persona a persona.

Este recubrimiento es tan robusto que incluso puede resistir ciertos detergentes.

Pero una vez dentro del huésped, el virus sólo puede infectar a la célula cuando el recubrimiento se ha derretido.

Este estado líquido no es suficientemente resistente para proteger al virus, de manera que si la capa protectora se derrite cuando el virus está fuera del huésped, éste muere.

Los científicos creen que este hallazgo abrirá nuevas líneas de investigación para combatir los brotes de gripe invernal.

Entendiendo cómo el virus se protege a sí mismo para poder propagarse de persona a persona -señalan-, se podrá estudiar la forma de interferir con ese mecanismo protector.

"Las epidemias de gripe a menudo ocurren en la época cuando entran los colegios a clase que es cuando hay un mayor contacto y una actividad intensa", afirma el doctor Avendaño.

"Pero en el verano o períodos de vacaciones no prenden las epidemias, por eso tendemos a echar la culpa al huésped".

"Con este estudio, sin embargo, entendemos que el virus se hace más o menos susceptible al medio ambiente, lo cual es un dato muy importante", agrega el experto.

Temperatura

En el estudio los investigadores utilizaron una sofisticada técnica de resonancia magnética.

Con ésta lograron identificar las características detalladas de la forma como las membranas exteriores del virus responden a las variaciones de temperatura.

Las membrana exterior del virus está compuesta principalmente de moléculas, llamadas lípidos, que son aceites, grasas y colesterol.

Descubrieron que a temperaturas ligeramente sobre el nivel de congelamiento, este recubrimiento lípido se solidifica en un gel.

Sin embargo, a medida que las temperaturas se acercan a los 15,6 grados centígrados, el recubrimiento se derrite gradualmente hasta convertirse en una mezcla líquida espesa.

Los investigadores concluyen que las temperaturas en primavera y verano pueden ser demasiado altas para permitir que la membrana viral entre en este estado gelatinoso.

Como resultado, a estas temperaturas los virus de influenza podrían secarse y debilitarse, lo que resulta en el fin de la temporada de gripe.

"Es una información muy interesante -señala el doctor Luis Avendaño- y si se confirma se podrán tener muchas implicaciones prácticas".

"Por ejemplo, la prevención podría hacerse o planificarse de otro modo, quizás asociando más los programas de prevención de gripe con la temperatura ambiente de los distintos países".

lunes, 14 de enero de 2008

El lugar más frío de la Tierra

Fuente: El Pais.

Cuando los pescadores de Oymyakon, en Rusia, extraen un pez de las aguas cubiertas de hielo, bastan 30 segundos para que esté congelado: tieso como una tabla. Aquí la leche no sabe de estado líquido: sólo se vende en bloques helados de color mármol. A partir de 52 grados bajo cero dan día libre en la escuela, y el gran acontecimiento del año es el Festival del Polo de Frío. Entonces, Dschis Chan, el señor del invierno yakuto, encarnado por el profesor de gimnasia de la localidad, invita a sus colegas Padrecito Invierno de Moscú y Santa Claus de Finlandia a comer filetes de reno y a ponerse ciegos de vodka. La última vez, Santa Claus casi echa a perder la fiesta porque se bebió nada menos que 10 botellas en 48 horas para combatir el frío. Oymyakon es el polo helado de la Tierra; en 1926 alcanzó la temperatura más baja registrada jamás en territorio habitado: 71,2 grados bajo el punto de congelación. La localidad está situada en el noreste de Rusia, en una meseta a 750 metros sobre el nivel del mar: allí donde el invierno dura como mínimo nueve meses.

Pues bien, para alcanzar este lugar irreal aguantamos (es noviembre) a 34 grados bajo cero en el aeropuerto de Jakutsk, esperando a que por fin se abra la puerta del avión, que se ha congelado por completo. A bordo del aparato de hélice, con cortinas azul claro en las ventanillas, los pasajeros llevan botas de piel de reno. La azafata reparte periódicos. Y en ellos se lee que, en algún lugar de las montañas, un criador de renos resultó gravemente herido al caer del caballo y tuvo que esperar semanas a que acudieran en su ayuda, así que en el ínterin se amputó él mismo los dedos de los pies helados con un cuchillo de monte y logró sobrevivir. La foto muestra a un nativo típico, menudo y vigoroso, de cara pálida, mejillas redondas, nariz chata y ojos que asoman por unas ranuras diminutas.

Dos horas y media después aterrizamos en Ust-Nera, nido de buscadores de oro, donde la temperatura alcanza los 42 grados bajo cero. Son poco más de las tres de la tarde y el sol ya se pone por el horizonte. Proseguimos viaje en un microbús con cristales dobles, fijados con cinta adhesiva, que impiden que se forme una gruesa capa de hielo en el interior. Cuando Vladímir Putin visitó la región, el gobierno local avisó de que no se les ocurriera mandar por avión un Mercedes oficial sin doble acristalamiento. El Kremlin ignoró la recomendación y el coche del presidente no pasó de la primera valla publicitaria, justo detrás del aeropuerto.

Kolya, nuestro chófer, tiene una fina barba a lo Gengis Jan. Tras cuatro horas salvando baches y ríos helados, nos anuncia: “A partir de aquí se acabó la carretera en buen estado”. Seguimos por la autopista de Kolyma, la vía que Stalin hizo construir utilizando presos como mano de obra para poder explotar las riquezas naturales de Yakutia, sobre todo el oro. Cada 30 kilómetros había un gulag. La mayoría de los presos moría al cabo de tres meses. Se les enterraba bajo la calzada. Y punto. “Aquí yace un muerto cada cuatro metros”, nos explica Kolya. Por eso la autopista de Kolyma también se llama “carretera de los huesos”.

Llegamos a Oymyakon hacia las tres de la madrugada, a 51 grados bajo cero. Por debajo de menos 45 grados, la gasolina se congela, y por eso Kolya nunca apaga el motor de nuestro autobús. El frío quema como si uno se hubiera embadurnado la cara con una pomada para activar la circulación; la primera bocanada de aire casi revienta los pulmones, y al cabo de medio minuto la nariz está entumecida. Kolya nos asegura que eso no es nada. “A partir de los 64 grados bajo cero, uno puede oír cómo se hiela el aliento, siente cada hueso del cuerpo como si estuviera congelado y los escupitajos aterrizan en el suelo en estado sólido”. A semejante temperatura no hay prenda en el mundo que pueda mantenerle a uno caliente más de 15 minutos. Oymyakon debe su clima extremo a las cadenas montañosas que la rodean, y que impiden que escapen las pesadas masas de aire frío que cubren el valle como si fueran de plomo. Aquí impera una calma chicha todo el año. Eso hace que el frío sea relativamente soportable y permite que la temperatura alcance en verano los 35 grados.

Una vez que ha amanecido, tampoco se ve gente por la calle; las columnas de humo se elevan derechas como una vela por encima de las casas sobre un cielo sin nubes, y las antenas parabólicas permiten adivinar a qué se dedica la mayoría de sus moradores. La localidad cuenta con 2.300 habitantes; la mayor parte vive como hace cien años, televisión aparte. En lugar de cuartos de baño, levantan en el jardín unas barracas de madera sin calefacción, y bloques de hielo ante la puerta sustituyen el agua corriente. Hay un par de teléfonos privados, y sólo tienen radio los que pueden permitírselo. “El más mísero de los trabajos es el de criador de caballos”, comenta Fiodor. Él es uno de ellos. Con el cuerpo oculto bajo varias capas de pantalones y chaquetas, y con una gigantesca gorra de piel de zorro en la cabeza, está ahí plantado en un prado en las afueras, con pinta entre yeti y astronauta. Los criadores, explica, se pasan el día al aire libre porque los famosos caballos salvajes yakutos, que se sienten especialmente a gusto en esta estepa, desprecian cualquier tipo de establo. Devoran nieve y la hierba bajo ella.

A pesar de que estos animales tienen una pinta inofensiva, con sus patas cortas y su pellejo hirsuto, lo cierto es que sólo se dejan domesticar a regañadientes. Al intentar juntar la manada, Fiodor es derribado por su semental en dos ocasiones. Patalea tumbado boca arriba, sin poder ponerse en pie, envuelto en sus gruesos ropajes. Los caballos salvajes de Oymyakon se han utilizado incluso en expediciones al Polo por su resistencia. Fiodor prefiere sacrificarlos porque su carne grasienta está repleta de vitaminas y se considera una exquisitez. La mayoría de los habitantes de Oymyakon vive de la caza de martas y liebres, o bien crían vacas y renos. La única industria es una pequeña fá­brica de leche que deja de funcionar en octubre. El invierno es demasiado frío para las vacas, así que no dan leche, y los campesinos cubren las ubres de los animales con sacos de piel para que no se enfríen. De todos modos, la leche no se echa a perder: se conserva congelada en los sótanos, a un metro bajo tierra, donde reina una temperatura constante entre 10 y 15 grados todo el año.

Los suelos de Yakutia sólo se deshielan superficialmente de junio a agosto, y quedan cubiertos por una capa de fango que hace prácticamente imposible instalar vías de ferrocarril. Los edificios de cemento de gran tamaño han de construirse sobre pilotes, que se hincan en la tierra a varios metros de profundidad para que no se hundan. Pero en Oymyakon no hay otra cosa que cabañas de madera. El suelo es extraordinariamente fértil, y en verano, la naturaleza literalmente estalla. Pero el lodo alberga también millones de larvas de mosquitos.

En la era soviética, el valle era famoso porque en él vivían algunos de los hombres más ancianos del país. El mayor era Fiodor Arnosov, un cazador que murió en 1967 a los 109 años. El doctor Innokenti Novgorodov, que trabaja en la pequeña policlínica, nos cuenta que antes sólo sobrevivían los niños más fuertes y sanos. La tasa de mortalidad infantil era enorme, y las mujeres traían al mundo hasta 18 hijos. Además, la gente no bebía alcohol porque no había ningún supermercado que vendiera vodka, y tampoco se pasaba la vida sentada delante del televisor. El doctor Novgorodov lleva unas gruesas botas de fieltro bajo la bata blanca, los dedos le tiemblan un poco. Tiene 71 años. La asistente sanitaria que trabaja con él tiene 72. El partido le destinó a Oymyakon hace décadas, rememora sin pesar; pero hoy día la cosa ya no funciona así, y por eso resulta difícil encontrar a quien les reemplace. Por otro lado, uno no puede hacer nada por los pacientes. El pequeño hospital de paredes azul claro resplandece de puro limpio, pero faltan medicamentos, sobre todo antibióticos, y no hay ni sala de operaciones, ni un aparato de rayos X. Las 11 camas están ocupadas en su mayoría por enfermos de cáncer a los que no pueden –o no quieren– ayudar en ningún otro sitio.

Novgorodov nos cuenta que hace poco encargó que llevaran en microbús a Ust-Nera a una mujer de 37 años con cáncer de hígado; una vez allí, los médicos decidieron que había que enviarla al hospital central de Jakutsk. Pero en lugar de subirla a un avión, la mandaron de vuelta a Oymyakon. De allí salió de nuevo el microbús rumbo a Jakutsk siguiendo la ruta directa, un viaje de 35 horas. La mujer murió en el camino. Novgorodov se encoge de hombros. En la vasta Siberia, una vida no cuenta demasiado.

Yakutia es la república rusa más grande en lo que a superficie se refiere: tres millones de kilómetros cuadrados, unas seis veces España. Además es una de las regiones más ricas de la Tierra: posee reservas de platino, plata, uranio, minerales con contenido metálico, carbón, petróleo, gas… El 40% del oro ruso se extrae de Yakutia, así como uno de cada cinco diamantes del planeta. Pero sus 950.000 habitantes (densidad: 0,31) viven apenas por encima del mínimo de subsistencia; toda la riqueza va a parar a Moscú.

Los yakutos son un pueblo turco que ha seguido hablando su propio idioma hasta nuestros días. Colonizaron Siberia en el siglo XIV desde el Baikal, pero luego los rusos los fueron desplazando a regiones cada vez más septentrionales. Así es como llegaron a Oymyakon en 1640. El valle parecía ideal para establecerse, puesto que el río Indigirka no llega a congelarse ni con las más duras heladas debido a la gran velocidad a que circulan sus aguas. En la II Guerra Mundial, Oymyakon cobró importancia estratégica, pues repostaban los bombarderos estadounidenses que atacaban Alemania por el este. Pero una vez concluida la era soviética, el aeródromo quedó abandonado y fue convirtiéndose en una ruina.

El subteniente Smirnov nos recibe en el negociado de la milicia, sentado bajo un retrato al óleo de Iósif Stalin. Smirnov es uno de los tres policías de la localidad; nació aquí hace 32 años. “Oymyakon le debe mucho a Stalin”, comenta. Sin él no habría existido la autopista de Kolyma, y probablemente la localidad habría permanecido aislada del mundo exterior hasta hoy. Muchos piensan igual, a pesar de haber perdido parientes en los gulags. La porra de Smirnov se balancea colgada en el ropero. No consigue recordar cuándo la utilizó por última vez. Aquí la mayoría de los delitos están vinculados al alcohol; cada pocos años se comete un homicidio. Pero las vecinas dan bastante que hacer: se denuncian constantemente; por ejemplo, porque la vaca de una se ha zampado la ropa tendida de la otra. Gracias a Dios, rara vez hay accidentes. Hace no mucho, un agricultor se cayó en la carretera y no vio un rebaño de renos que se aproximaba. Le arrollaron.

Como ocurre por doquier en la provincia rusa, aquí también se escucha a menudo la frase “en la Unión Soviética vivíamos mejor”. De hecho, había vuelos en helicóptero a Jakutsk dos veces por semana, e incluso un cine. Nadie sentía la tentación de marcharse lejos porque se intuía que en cualquier otro sitio las cosas tampoco eran mucho mejores. Pero ahora todo el mundo ve por televisión cómo se vive de Moscú a Malibú, y se da cuenta de que Oymyakon no sólo es la provincia, sino el verdadero fin del mundo.

La escuela no ha tenido nunca calefacción en condiciones hasta el año pasado, los niños daban clase con el abrigo puesto. Son 300; hacia finales de la era soviética sumaban aún 400. Los jóvenes sueñan con tener un café, móviles, un cibercafé o que la discoteca de la escuela vuelva a funcionar. Pero, desgraciadamente, el equipo estéreo lleva años estropeado. Al menos, la Casa de la Cultura organiza veladas de baile una vez por semana con música de Boney M o, como este mismo sábado, un concierto de guimbardas con concurso de canto incluido.

La sala sin ventanas está abarrotada. Bajo los abrigos de piel se asoman minifaldas y alguna que otra camiseta que deja el ombligo al aire. Las botas de reno han sido sustituidas por tacones altos. Los hombres llevan corbata. Los jóvenes rebosan optimismo, todos planean hacer carrera como abogados, médicos o managers. Pero –nos cuenta Saina, de 16 años– las mujeres deben casarse, tener hijos y estar de vuelta en Oymyakon como mucho antes de los 24.

El depositario de las esperanzas de la localidad es un hombre que los lugareños llaman con orgullo su “oligarca”. Alexander Krylov, de 33 años, alto, delgado, nacido aquí de padre médico, reunió un pequeño patrimonio comerciando con material de construcción en Jakutsk y luego regresó. Tiene seis hijos de tres mujeres y una visión: traer turistas. Para ello ha creado el Festival del Polo de Frío y la elección de Miss Polo de Frío. Además ha construido el primer hotel con agua corriente caliente en cada una de sus 10 habitaciones. Y lo cierto es que han venido turistas. Ilse y Elke, por ejemplo, dos jubiladas europeas de las que aún se habla en el valle, porque hasta entonces los lugareños sólo habían visto vegetarianos en la tele. O el actor de Hollywood Ewan McGregor, que llegó a lomos de su motocicleta en verano.

Incluso un jeque de carne y hueso se acercó el pasado febrero. Caminaba pesadamente por la nieve envuelto en ropajes blancos, e insistió en que le pusieran un sello en el pasaporte en la Administración municipal como prueba de que había estado realmente en el polo de frío. Su alteza, propietario de los más nobles purasangres, arrugó la nariz al contemplar los desgreñados caballos salvajes paticortos. Debieron parecerle poco menos que burros gordos. Pero cuando le explicaron que habían participado en la expedición al Polo Norte, decidió comprar uno por 1.000 dólares. Inspeccionó la pista de aterrizaje de la II Guerra Mundial y anunció que enviaría un avión a recoger al animal. Desde entonces, en Oymyakon esperan la llegada del primer avión privado procedente de Dubai.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Temperatura desciende hasta a 17 grados en Amazonas, hecho calificado de insólito

Fuente: CPN.

La temperatura en la provincia de Utcubamba, en Amazonas descendió a 17 grados centígrados, hecho que ha sido calificado de insólito por los pobladores, especialmente de Bagua Grande, acostumbrados a 38 grados de temperatura.

El fenómeno se viene registrando especialmente en horas de la noche y la madrugada, lo que ha obligado a la mayoría de la gente a utilizar ropas de abrigo, algo raro en esta zona ya que Bagua Grande siempre se ha caracterizado como una ciudad con un sofocante calor.

Al originarse este fenómeno, algunas personas especialmente niños, han comenzado a ser afectados con una serie de enfermedades bronquiales y resfríos.

jueves, 5 de julio de 2007

Revelan componente clave en mecanismo humano para notar el frío

(NC&T) El estudio ha sido hecho por David Julius, Diana M. Bautista y Jan Siemens (Universidad de California, San Francisco), y Joshua M. Glazer y Cheryl Stucky (Academia de Medicina de Wisconsin).

Como tal, el receptor TRPM8 brinda un objetivo para estudiar el dolor agudo y crónico, como el que puede resultar de una inflamación o una herida en un nervio, y un nuevo blanco potencial para tratamientos contra el dolor.

Gracias a averiguar cómo funcionan los receptores sensoriales, y cómo son determinados los umbrales de temperatura, los científicos pueden conocer en mayor detalle cómo esos umbrales cambian en una herida, y cómo esos cambios pueden contribuir al dolor crónico.

El receptor analizado en esta nueva investigación y otros receptores de temperatura descubiertos en años recientes por el laboratorio de Julius, ofrecen blancos potenciales para los cuales desarrollar analgésicos que actúen en el sistema nervioso periférico, más que en el central.

El descubrimiento es un hito en una investigación que el equipo comenzó varios años atrás. En el 2002, los investigadores encontraron que el receptor era activado por el aire frío y por agentes químicos refrescantes como el mentol, un producto natural de la menta. Completaron el hallazgo sobre el receptor con la hipótesis de que tal receptor desempeñaría un papel crucial en la capacidad de sentir el frío.

En el nuevo estudio, el equipo ha confirmado esa teoría, gracias a inhabilitar el gen que sintetiza el receptor, tanto en neuronas sensoriales de cultivos celulares, como en ratones. Las células cultivadas no respondían a agentes refrigerantes, incluyendo el mentol. Los ratones alterados genéticamente no diferenciaban entre superficies frías o calientes hasta que las temperaturas eran muy dispares.

Fuente: Solo Ciencia.

lunes, 7 de mayo de 2007

Avances en Fusión Fría

En mayo de 1989 los químicos Martin Fleischmann y Stanley Pons, de la Universidad de Utah, anunciaron un experimento de electrólisis en donde tuvo lugar una reacción de fusión (donde dos núcleos atómicos se unen, formando uno de mayor peso atómico), produciendo más energía de la consumida. Este fue el principio de la idea de la fusión fría: una fuente de energía prácticamente inagotable. Sin embargo, Fleischmann y Pons tardaron poco en convertirse en el hazmerreír de la comunidad científica. Los resultados de las réplicas a su experimento no probaban resultados satisfactorios, y rápidamente los físicos nucleares empezaron a quitar credibilidad a la idea.

Pero no todos se dieron por vencidos. Pamela Mosier-Boss y Stanislaw Szpak, del Departamento de Ciencias Aplicadas del Centro de Navegación de San Diego, sintieron curiosidad. Desde entonces, y con ayuda de su jefe Frank Gordon, que les proporcionó financiación, han realizado cientos de experimentos y publicado más de una docena de papers al respecto.

Los experimentos solían consistir en poner en contacto un electrodo de paladio con una solución inerte de sal disuelta en agua pesada, en donde la mayor parte de átomos de hidrógeno son isótopos deuterio, que contienen un neutrón además del habitual protón del hidrógeno. Cuando una corriente eléctrica pasa a través de la solución, los isótopos de hidrógeno se empiezan a acumular en los huecos que tiene la estructura atómica del paladio. Tras unos días o semanas, en la solución hay aproximadamente un deuterio por cada átomo de paladio, y todo empieza a ocurrir finalmente.

La verdad es que no está claro lo que pasa, y mucho menos la razón. Pero sea lo que sea, parece producir más energía de la que consume. Los adeptos a la fusión fría creen que una fusión nuclear relacionada con el deuterio es la razón.

Para que una fusión tenga lugar, generalmente hacen falta temperaturas de millones de grados para que el núcleo atómico obtenga suficiente energía como para superar la repulsión entre las cargas positivas de los protones. El resultado es que los núcleos de dos átomos de deuterio se combinan para producir una de estas dos posibilidades:

  • Un átomo de tritio (que es un isótopo de hidrógeno con un protón y dos neutrones) y un protón libre.
  • Un átomo de helio-3 (que es un isótopo del helio con un neutrón y dos protones) y un neutrón libre.

De cualquier manera, la reacción libera mucha más energía de la que consume. Sin embargo, no hay acuerdo alguno acerca de cómo funcionaría la fusión fría, y la mayor parte de las réplicas realizadas sobre estos estudios terminan por afirmar que los resultados de Mosier-Boss y Szpak son algún tipo de hecho aislado. Así que en lugar de seguir intentando encontrar el camino hacia la fusión fría, se ha estado trabajando en una forma de detectar si realmente hay reacciones nucleares o no.

Aquí es donde Gordon entra en juego a día de hoy con un polímero fabricado a base de CR-39, que es un policarbonato plástico usado normalmente para fabricar lentes y cristales de esos que no se deshacen en pedazos cuando se rompen (no sé cómo se llaman), y que además parece ser capaz de registrar el paso de partículas subatómicas. Los neutrones, protones y partículas alfa (núcleos de helio-4 sin electrones) que arroja una reacción nuclear rompen los enlaces moleculares del polímero, dejando huellas a su paso.

Sin embargo, el uso del CR-39 como detector se remonta décadas atrás. En la antigua Unión Soviética los físicos, que no podían permitirse la última tecnología en física nuclear, se volvieron auténticos expertos en la lectura de detectores a base de CR-39. Investigadores en fusión fría de las Univresidades de Illinois y de Minnesota han usado CR-39 desde los años 90, asentando el camino para los experimentos de Mosier-Boss y Szpak.

Por su parte, Spzak ha trabajado en una tecnología llamada co-deposición que acelera el proceso de acumulación de deuterio en la estructura atómica del paladio. El secreto está en no usar paladio para el electrodo negativo. En su lugar, utiliza níquel o hilos de oro bañado en una solución de cloruro de paladio y cloruro de litio disueltos en agua pesada. Cuando la corriente pasa por la solución, iguales cantidades de deuterio y paladio son depositadas en el hilo de oro. En cuestión de segundos, el paladio se junta con el deuterio y la reacción empieza. Mosier-Boss y Szpak afirman que sus chivatos de CR-39 muestran signos de reacciones nucleares, además de inusuales cantidades de tritio y rayos-x de baja intensidad, todo ello al poco de empezar la co-deposición.

Cuando examinaron las obleas de CR-39 en su último experimento, descubrieron que las partes más cercanas al electrodo estaban llenas de marcas, mientras que las partes más alejadas no lo estaban. Han realizado varias pruebas adicionales sin cloruro de paladio e incluso dañando químicamente el CR-39, pero los resultados no se repiten. Ello parece indicar que las marcas encontradas son debidas a una reacción nuclear.

Lawrence Forsley, con 16 años de experiencia en investigación sobre fusión en JWK Technologies, afirma que las marcas parecen exáctamente trayectos de partículas subatómicas, según su profundidad, tamaño, distribución, forma y contraste. Gary Phillips, con 20 años de experiencia con CR-39, también parece convencido:

"No he visto tal densidad de marcas jamás. [...] Debe venir de una fuente muy intensa, una fuente nuclear. No se puede obtener esto de ningún otro tipo de reacción química".

Sin embargo, y como es de esperar, los hay que no se sorprenden tanto. Unos dicen que Mosier-Boss y Szpak deben de haber ajustado mal el instrumental, leído mal los datos o simplemente haber dejado el detrito contaminar las obleas de CR-39. Otros dicen que debe haber algún tipo de radiación de fondo que no están considerando, o quizá sólo radiación cósmica. Forsley, sin embargo, dice que esas críticas no tienen ni pies ni cabeza. Afirma que cualquier tipo de contaminación en el experimento habría producido marcas aleatorias, y no las concentraciones observadas alrededor de los electrodos. Además:

"Si hubiese tal cantidad de radiación de fondo en el laboratorio de San Diego para producir tal cantidad de marcas en el CR-39, en tan poco tiempo, Mosier-Boss y Szpak se habrían freído".

Sin embargo, muchos físicos siguen quejándose de la dificultad para reproducir el experimento con estos resultados, aunque Mosier-Boss y Szpak afirman poder hacerlo cuando quieran. Por su parte, Winthriop Williams, the la Universidad de Berkeley, ha conseguido replicar el experimento obteniendo números muy parecidos a los de San Diego.

Otro punto flojo es la falta de una teoría consistente que explique cómo se produciría esta fusión. Algunos físicos no están nada convencidos y siguen pensando que todo se debe a negligencia en la experimentación o simplemente anomalías aisladas. En cualquier caso, lo que está claro es que la fusión fría poco a poco se está convirtiendo en el centro de atención de distintas administraciones como el Departamento de Energía de los Estados Unidos, la Oficina de Investigación Naval o el proyecto DARPA. En palabras de Gordon:

"Este puede ser el año en el que las cosas cambien para la fusión fría... o quizá el año que viene".

Fuente: Caerolus.