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lunes, 1 de octubre de 2007

Inventando soluciones para el Tercer Mundo

Fuente: El Pais.

En el Massachusetts Institute of Technology (MIT), un grupo de "manitas" de 16 países diferentes estaban soldando, cosiendo y clavando, trabajando en toscos inventos con el fin de salvar el mundo pueblo a pueblo.

El instituto ha centrado su atención en ideas concretas para mejorar las vidas de los miles de millones de desfavorecidos que hay en el mundo, aquellos que subsisten con un dólar o menos al día y que con frecuencia mueren jóvenes.

Este verano, el MIT ha acogido una Cumbre sobre Diseño para el Desarrollo Internacional de cuatro semanas de duración con el fin de identificar problemas, improvisar prototipos de soluciones y examinar los resultados para ver cuáles pueden funcionar en el mundo real. El taller comenzó a mediados de julio, con la llegada de cerca de 50 visitantes de Brasil, Ghana, Guatemala, Tanzania, Tibet y otros lugares.

Mohamed Mashaal, joven ingeniero británico que comenzará a trabajar para BP en el Mar del Norte este otoño, vertía agua en una mochila fabricada con plástico que llevaba puesta un compañero, Bernard Kiwia, que enseña a reparar bicicletas en el ámbito rural de Tanzania y espera poder ofrecer a las mujeres de este país un modo más sencillo de acarrear agua desde distancias lejanas.

Sham Tembo, ingeniero eléctrico de Zambia y Jessica Vechakul, estudiante de posgrado de ingeniería en el MIT, añadieron lentamente estiércol de vaca triturado en un cubo de 23 litros que contenía carbón hecho con mazorcas de maíz. Con esta mezcla se podría generar electricidad suficiente para cargar la batería de un móvil o una pequeña linterna durante un año o más.

Toda esta agitación se producía en el D-Lab, un centro de investigación y conjunto de cursos del MIT dedicados a idear tecnologías baratas que podrían tener un gran impacto en las comunidades pobres.

Amy Smith, profesora del MIT, es la principal artífice de esta cumbre. "Casi el 90% del dinero que se dedica a investigación y desarrollo se gasta en la creación de tecnologías al servicio del 10% de la población más rica del mundo. El objetivo de la revolución del diseño es cambiar esta tendencia", dice.

El desarrollar un molino a pedales o una mochila para el agua era sólo el primer paso.

Los equipos también tenían que asegurarse de que sus creaciones se pueden fabricar con materiales autóctonos lo suficientemente baratos como para que la población más pobre del mundo pueda permitírselos, que se puedan reparar fácilmente y que se adapten a un modo de vida con unos ritmos profundamente enraizados.

Media decena de tutores voluntarios han ayudado a los participantes a hacer que sus ideas tomasen forma. La misión de los tutores era que los inventos funcionasen.

Después de toda una carrera fabricando artilugios para el cine, Jock Brandis trabaja ahora en el proyecto 'Full belly', en el que se desarrollan máquinas para simplificar el trabajo en las aldeas. Brandis señala que el presupuesto para diseñar una peladora de cacahuetes para un pueblo en Malí era bien distinto del necesario para construir un vehículo para transportar una cámara en una zona rural de México con el fin de filmar al actor Antonio Banderas galopando por el desierto en su papel de El Zorro. Pero el reto de llenar un nicho con pocos materiales e instrumentos es parecido.

En el taller, Brandis examinó con satisfacción el diseño de uno de los grupos de un horno con tres parrillas de tamiz cada vez más fino para el combustible de carbón, de manera que las piezas más grandes que no se queman se mantienen separadas de las que están más consumidas, limitando así la emisión de humo nocivo. Según él, lo que se pretende en prácticamente todas las situaciones es hacer que su vida sea más eficiente.

"Ésta fue la gran revolución que se produjo en EE UU entre 1860 y 1960, que el trabajo que una persona realizaba en un día fuese mucho más productivo. Eso significa que el tiempo vale más y que tiene más horas para hacer otras cosas".

Ashley Thomas, estudiante del MIT, explica lo atractivo que resulta este trabajo mientras brega con un marco de metal oscilante para un refrigerador que utiliza la evaporación de tejidos mojados en lugar de componentes eléctricos para extraer calor de su contenido. Esta idea se le ocurrió hablando con algunos participantes de Tibet, donde se debe almacenar la carne durante semanas en zonas rurales aisladas y de India, donde el calor puede acabar con la mercancía de un vendedor.

Deepa Dubey, compañera de Thomas y dedicada al estudio del diseño de productos como estudiante de posgrado en Kanpur, India, comenta: "Imagínense un vendedor de fruta de una zona rural o de los suburbios con todas sus frutas y verduras. Al final de la jornada habrá ganado un dólar y se verá obligado a tirar toda la mercancía que le queda porque no puede almacenarla".

Y añade: "Se trata de tomar las teorías del diseño industrial y aplicarlas allí donde puedan tener mayor impacto. En este caso, una inversión de cinco dólares en hierros y toallas podría suponer un mes de provisiones. Desde mi punto de vista, esto merece mucho más la pena que invertir todo ese tiempo trabajando en el diseño de un nuevo ordenador más logrado".

lunes, 18 de junio de 2007

Así es la ciudad del futuro

La ciudad del futuro no es la que Spielberg imaginaría para una de sus películas, porque el paisaje será muy parecido al actual. Los grandes cambios, quizá inapreciables a la vista, construirán una ciudad más humana por cuyas venas correrá, indiscutible, Internet. Inteligentes sistemas de comunicación permitirán un tráfico rodado más fluido y una información precisa en casa, en el coche, en la parada del autobús. Así lo ven y así lo están diseñando los expertos del emblemático Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT): pelotas que siguen el pie del niño, coches apilables, edificios con sensores... La ciudad inteligente desbancará a las urbes industriales, pero sin sobresaltos estéticos. Blade Runner todavía no es el futuro.

William Mitchell sonríe cuando se le pregunta si, en el futuro, viviremos en Blade Runner. El ex decano de Arquitectura del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y uno de los referentes mundiales en la planificación de las ciudades, reflexiona: "Cuanto más tecnológicamente avanzada sea una ciudad, menos se parecerá a Blade Runner [película de ciencia-ficción de Ridley Scott (1982)]. La tecnología tiende a ser ubicua y no intrusiva. Los grandes cambios que están por venir no los veremos. Así que la ciudad del futuro es esta misma".

Mitchell se refiere a Sevilla, donde se ha celebrado el seminario Creatividad e innovación en la cultura digital. El experto ha hecho alusión a su proyecto Smart Cities (Ciudades Inteligentes) en el MIT. En él trabaja un equipo multidisciplinar de arquitectos, urbanistas, informáticos y científicos que imaginan cómo será el urbanismo en las próximas décadas.

La base de la ciudad del futuro será la inteligencia. Las ciudades preindustriales, explica Mitchell, eran "esqueleto y piel", techos y paredes, diseñadas casi en exclusiva para protegernos de las inclemencias del tiempo. Las ciudades industriales construyeron sistemas para la canalización del agua y de la energía. Pero las del siglo XXI serán "organismos vivos", dotados de inteligencia propia. Y su sistema nervioso será Internet.

En la idea de Smart Cities, todos los dispositivos -desde los teléfonos móviles hasta los coches y edificios- tendrán sistemas de inteligencia incorporados y estarán interconectados. El grupo de Mitchell investiga "sistemas de transporte inteligente": las vías y calles tendrán sensores que podrán indicar, en tiempo real, la densidad del tráfico. Enviarán las señales directamente a los coches inteligentes, que decidirán por sí mismos qué trayecto escoger. Los expertos de Smart Cities llevan desde 2003 tratando de reinventar el coche. La idea es mejorar su relación con las ciudades, y con las personas. Han inventado un pequeño coche apilable y eléctrico. El automóvil, pensado para dos pasajeros, tiene cuatro ruedas independientes, que son capaces de rotar 360 grados según la dirección de la conducción. Los ciudadanos cogerían el coche apilado pasando su tarjeta de crédito por un lector, y después lo aparcarían en otra de las pilas repartidas por la ciudad. Otra idea es la subasta de aparcamientos: según Mitchell, los coches inteligentes podrían pujar con otros automóviles por conseguir el mejor aparcamiento de la ciudad.

Los expertos de Smart Cities han diseñado, además, una lente electrónica, parecida a un telefóno móvil, que proporciona información en tiempo real de los edificios o monumentos de una ciudad que el usuario enfoque. También han inventado un coche que se conduce simplemente con el cuerpo, y una pelota que reacciona a los movimientos de los niños: les persigue o se deja perseguir según se muevan ellos. Los investigadores han desarrollado asimismo, un proyecto para la autoridad francesa de transportes con el objetivo de rediseñar las paradas de autobús. La idea es que sean movibles y que los viajeros puedan saber (gracias a su teléfono móvil o cualquier otro dispositivo electrónico) por dónde circula el autobús, y éste, dónde están sus viajeros, y así evitar las paradas vacías.

A Mitchell, que participó en el seminario organizado en Sevilla por la Fundación Telefónica, no se le escapan las dudas que suscitan proyectos como éstos. ¿Qué pasará cuando todo, incluido el ciudadano medio, esté interconectado? ¿Perderemos intimidad? ¿Está suficientemente asegurada la protección de la salud ante el incremento de ondas electromagnéticas? ¿Nos harán estas redes más vulnerables a los ataques cibernéticos? "Entiendo que estas preocupaciones existan, pero no hay evidencias científicas serias todavía de que haya razones para preocuparse". "Lo que yo creo", añade Mitchell, "es que el gran problema no es tecnológico, sino cultural. Descubrimos cosas a gran velocidad, pero no podemos inventar las convenciones sociales para entenderlas con la misma rapidez".

Ésta es la razón de que, al pensar en la ciudad del futuro, muchos imaginen una urbe similar a Blade Runner. Por eso, Mitchell decepcionó al cineasta Steven Spielberg cuando éste le pidió que imaginara cómo sería Washington en 50 años para su película Minority Report y él respondió: "Si quieres la verdad, bastante parecida a como es ahora". Sin embargo, para él, hacer ciudades invisiblemente inteligentes, es "muy emocionante para un arquitecto, porque podemos volver a organizar las ciudades desde un punto de vista más humano".

Zaragoza digital

Los expertos del MIT han colaborado en la puesta en marcha de la Milla Digital de Zaragoza, que pretende convertir los entornos de la vieja estación de El Portillo y la nueva de Delicias en un proyecto urbanístico y tecnológico innovador.Se trata de una extensión de casi un millón de metros cuadrados, donde se construirán más de 3.000 viviendas, comercios y zonas verdes. Como en todos los proyectos de Smart Cities, se une el entorno físico con el digital. Por ejemplo, habrá luces inteligentes en calles y edificios que podrán cambiar de color e intensidad dependiendo de la hora del día. Los elementos de mobiliario urbano -como mesas de café o señales- podrán mostrar información sobre los menús o plazas de aparcamiento. Las obras comenzaron a principios de este año y, cuando se celebre la Expo 2008, ya habrá espacios urbanizados.

Fuente: El Pais.