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miércoles, 21 de mayo de 2008

Un rayo supera 310 veces la velocidad de la luz en un experimento en EE UU

Fuente: El Pais.

Un pulso de luz que avanza a velocidad tan increíble que, paradójicamente, se detecta a la salida de una caja de gas cesio 62 milmillonésimas de segundo antes que a la entrada. Ése es el resultado de un reciente experimento, calificado de asombroso por los propios científicos, y que hoy se publica en Nature, cuando ya ha suscitado el interés de los investigadores. El experimento muestra que la luz en forma de paquetes o pulsos puede, en condiciones muy especiales, sobrepasar 310 veces su propio límite de velocidad (300.000 kilómetros por segundo), establecido en la teoría de la relatividad especial de Einstein.

Uno de los experimentos imaginarios utilizados para ilustrar la teoría de la relatividad especial de Einstein es "la paradoja del abuelo", según la cual un astronauta hace un viaje de ida y vuelta en una nave que viaja a una velocidad superior a la de la luz y llega de vuelta a la Tierra muchos años antes de haber partido. Viajar más rápido que la luz implica viajar hacia atrás en el tiempo. El astronauta vuelve antes de que sus abuelos hayan concebido a su padre y mata a su abuelo. Entonces, resulta imposible su existencia. Esto, dicen los libros de texto, es precisamente el tipo de absurdo que hace imposible que cualquier cosa viaje a una velocidad superior a la de la luz en el vacío: 300.000 kilómetros por segundo, conocida como c.Ahora, un equipo de físicos de Estados Unidos ha conseguido que un rayo de luz atraviese una cámara de gas a una velocidad varios centenares de veces superior a la de la luz. Se mueve tan deprisa que sale de la cámara antes de entrar.

Lijun J. Wang y su equipo, del Instituto de Investigación NEC en Princeton (Nueva Jersey) describen hoy este resultado aparentemente absurdo en la revista Nature pero se preocupan de señalar que no viola la teoría de la relatividad ni el principio de causalidad (que dice que la causa siempre precede al efecto). Según explicó Wang (véase EL PAÍS del 7 de junio de 2000) cuando su experimento empezó a ser conocido: "En efecto, se puede hacer que nuestros impulsos luminosos viajen a una velocidad superior a c. Esto es una propiedad especial de la luz en sí, que es diferente de un objeto conocido, como un ladrillo, ya que la luz es una onda sin masa". Según su argumento, los pulsos superlumínicos son el resultado de mecanismos clásicos de interferencia debidos a la la naturaleza ondulatoria de la luz y no se transmite información alguna (señal) a velocidad superior a c.

El principio de causalidad es el principio que resulta amenazado en la paradoja del abuelo. La luz que parece llegar antes de partir resulta, a primera vista, una paradoja del mismo calibre. La razón de que no lo sea es bastante sutil.

Un impulso de luz puede ser considerado como cierto número de rayos u ondas que viajan juntos, en cierto modo como un grupo de turistas. Algunos se encontrarán a la cabeza del grueso del grupo; otros se quedarán rezagados, pero el grupo como tal se mueve con una determinada velocidad de grupo. Cuando un pulso de luz se mueve por la mayor parte de los materiales su velocidad de grupo es más pequeña que en el vacío, de la misma forma que un grupo de turistas se mueve más despacio en un museo que en un patio donde no tiene nada que observar. El grado de deceleración caracteriza el índice de refracción del material.Para hacer que la luz se mueva más deprisa de lo que lo haría en el vacío -más deprisa que c- hay que crear un material que tenga un índice de refracción inusual. Esto ya se ha conseguido antes de los experimentos de Wang y su equipo, mediante la utilización de un material que distorsiona la forma del pulso luminoso. Si volvemos a la analogía de los turistas, esto se corresponde con que muchos de ellos se unan a la cabeza del grupo, haciendo correr a los que se quedan atrás. La velocidad de grupo de un pulso así distorsionado puede exceder de c incluso si los rayos en sí mismos no viajan más deprisa que la luz.

Sin embargo, ahora, Wang ha demostrado una transmisión más veloz que c sin distorsión del pulso de luz. En su material, un gas frío de atómos de cesio, las ondas de luz que se propagan son amplificadas en unas frecuencias por interacción con los átomos. Esto produce extraños efectos en el índice de refracción del gas en las cercanías de la frecuencia de amplificación. Para explotar este efecto sin distorsionar el pulso de luz, los científicos tuvieron que utilizar un truco especial que consistió en enviar a través del gas dos rayos láser con frecuencias ligeramente diferentes. Al hacerlo, consiguieron una velocidad de grupo unas 310 veces superior a c - un incremento mucho mayor que lo visto en experimentos anteriores-.

Además, la velocidad de grupo fue negativa, lo que quiere decir que el pulso viaja en la dirección opuesta a las ondas individuales. Es como si al andar en un sentido, el grupo de turistas terminara moviéndose en sentido contrario, como sucede en un atasco, que se propaga hacia atrás aunque los automóviles sigan moviéndose hacia adelante. Este resultado antiintuitivo es posible únicamente porque los rayos de luz, al revés que los turistas, son ondas.

Como consecuencia, parece que el pulso sale de la cámara de gas 62 nanosegundos (milmillónesimas de segundo) antes de que entre. Sin embargo, esto no viola la causalidad porque el pulso que viaja acelerado y en sentido contrario no puede mandar ninguna información codificada a mayor velocidad que la de la luz en el vacío y por tanto no puede tener un efecto sobre su propia causa.

Sin embargo, existe cierta discusión todavía, según explica el especialista Jon Marangos en la misma revista, sobre cuál es la velocidad a la que de verdad se transmite información en un pulso de luz, y esto depende de cómo se defina la información. En el caso de pulsos de luz formados por muy pocos fotones se podría argumentar que la velocidad del grupo es la misma que la de cada uno de los fotones, y si esto se ampliara a un solo fotón, tendría implicaciones en la transmisión cuántica de información, un área de interés en la actualidad.

sábado, 15 de marzo de 2008

El mayor experimento del mundo

Fuente: Publico.es.

Cuando se ganaba los dracmas trabajando en una empresa ateniense de ascensores, seguramente nunca sospechó la exorbitante altura a la que llegarían sus creaciones. Y en más de un sentido; no sólo el experimento que ideó se realizó a 540 kilómetros sobre la superficie terrestre, sino que la movilización de personal, equipo y presupuesto, sumada a las consecuencias que predecían sus cálculos, hicieron que la operación Argus diseñada por el físico Nicholas Christofilos mereciera para el diario The New York Times los honores de ser “el mayor experimento jamás realizado”.

Christofilos nació en 1916 en Boston, hijo de emigrantes griegos que siete años después se dejaron vencer por la nostalgia y recogieron velas de regreso a Europa. En Atenas, el espabilado Nicholas estudió ingeniería mecánica y eléctrica, pero su afición por la física le empujaba a preguntarse qué mecanismos animaban los aparatos de radio que le gustaba reparar. Sin formación en ciencia básica, comenzó a engullir textos de física nuclear en alemán. Con el paso de las páginas y los años, su interés por los aceleradores de partículas le llevó a enunciar en 1949 un principio que rompía moldes, pero que no fue valorado por la comunidad científica de EEUU, a la que comunicó por carta sus hallazgos, hasta que alguien más creíble que él lo redescubrió.

El descubrimiento de Christofilos explicaba la radiación atrapada, un curioso comportamiento de las partículas cargadas observado a finales del siglo XIX por un físico noruego llamado Kristian Birkeland. Un chorro de electrones dirigido hacia un imán en una cámara de vacío parecía canalizarse espontáneamente hacia el polo magnético, como siguiendo el camino del hormiguero. El matemático Carl Stoermer, amigo de Birkeland, trató de formular este fenómeno, pero fue Christofilos quien logró traducir a símbolos el misterioso encantamiento electrónico.

Planeta magnético

En todo imán, sus polos norte y sur están unidos por líneas de fuerza curvadas en forma de C. En el caso de la Tierra, un gigantesco imán, los extremos de la C se dirigen respectivamente a los dos polos magnéticos, que no coinciden con los geográficos. Uniendo todas las C que circundan el planeta, se obtendría un campo de fuerza con forma de neumático de coche, en cuyo centro estaría empotrada la Tierra. Pero como ocurre con las isobaras de los mapas meteorológicos o con las curvas de nivel de los topográficos, cada línea es una representación abstracta que une los puntos de un valor determinado; el dibujo de la situación real sería uno de innumerables líneas infinitamente juntas. Del mismo modo, ese campo magnético terrestre estaría formado por infinitos neumáticos concéntricos, uno dentro del siguiente, como las muñecas rusas.

Al inyectar en ese campo partículas con carga, por ejemplo electrones, el chorro toma como raíl una C de la sección del neumático. Las partículas inyectadas recorren la C de un extremo al otro y luego de vuelta en sentido contrario, una y otra vez. Cuando las partículas chocan con el extremo de la C, se produce un hermoso espectáculo irisado que ocurre de forma natural cuando el Sol lanza alaridos magnéticos; es la aurora polar. Al mismo tiempo, esos electrones se desplazan lateralmente, saltando de una C a la próxima para recorrer la banda de rodadura del neumático o, en términos terráqueos, siguiendo los paralelos del planeta.

La extrapolación del esquema del imán a la Tierra fue una iluminación de Christofilos. Así, predijo la existencia de colosales neumáticos de fuerza magnética en torno al planeta antes de que su descubridor formal los bautizara con su propio nombre: cinturones de Van Allen. Por entonces, Christofilos tomaba carrerilla hacia el podio del triunfo. Su teoría había sido redescubierta y el mecánico griego especializado en ascensores se había ganado una silla para investigar en uno de los santuarios de la física de altas energías, el Laboratorio de Radiación de Livermore, dependiente de la Universidad de California en Berkeley.

Desde su nueva trinchera de la investigación militar y ultrasecreta, con acceso al saco sin fondo del Departamento de Defensa, Christofilos propuso la idea más audaz y atrevida que otros colegas nunca hubieran osado proponer o, caso de hacerlo, nunca hubieran obtenido el sí. Armado con un discurso cautivador y una brillante tenacidad, en octubre de 1957 el físico autodidacta arrancó al Gobierno de EEUU el compromiso de ensayar sus hipótesis y sus tentadores usos estratégicos en la plataforma más cara y perfecta que un científico podría ambicionar: el planeta Tierra.

La idea de Christofilos era detonar bombas nucleares de hidrógeno a gran altura para inyectar electrones en el campo magnético terrestre. Si su hipótesis funcionaba, esto crearía un cinturón artificial de radiación, el cinturón de la muerte, que se extendería por los neumáticos envolviendo el planeta, y que podría inactivar satélites y comunicaciones del enemigo para devolverlo a la edad de piedra, e incluso pulverizar un misil intercontinental. La Guerra Fría corría hacia su apogeo y una moratoria de los ensayos nucleares parecía inminente, por lo que el Pentágono se apresuró a construir una aparatosa operación en tiempo récord. En abril de 1958 se creó la Task Force 88, una fuerza exclusivamente dedicada a preparar y ejecutar la que se denominó operación Argus. Los datos describen un proyecto descomunal: nueve buques de la armada estadounidense, un satélite –el Explorer 4– lanzado ex profeso para el experimento, una dotación de 4.500 efectivos entre militares y científicos civiles, y un presupuesto de nueve millones de dólares de 1958, cuando una familia media en aquel país ingresaba anualmente unos 5.000 dólares.

El de Christofilos no fue el primer ensayo nuclear exoatmosférico. Entre 1958 y 1962, EEUU y la Unión Soviética condujeron cerca de una veintena de estas detonaciones. Argus, que siguió a la Operación Hardtack, fue el único programa que se mantuvo en secreto. La tercera de las explosiones de Hardtack, llamada Orange, había tenido lugar dos semanas antes de Argus. La bomba se activó a 43 kilómetros sobre la superficie terrestre, una bagatela en comparación con las cifras que se manejaron para Argus. Para que su neumático envolviese todo el planeta, Christofilos necesitaba más altura, aunque no se precisaba una potencia extraordinaria. Las cargas, de 1,7 kilotones –la de Hiroshima fue de unos 15 kilotones– se montaron en las cabezas de misiles modificados X-17A. El barco elegido para los lanzamientos fue el USS Norton Sound, y el lugar se determinó seleccionando un meridiano magnético, de modo que los extremos de la C no tocaran regiones habitadas. Para el extremo norte se escogió un sector del Atlántico entre la Península Ibérica y las islas Azores; el otro cabo de la C, el punto de despegue, caía entonces en el Atlántico sur, a 1.800 kilómetros al suroeste de Ciudad del Cabo.

Una siniestra aurora boreal

El 27 de agosto se lanzó el primer cohete, que estalló a 200 kilómetros de altitud. El segundo, el 30 del mismo mes, trepó hasta 240 kilómetros. La apoteosis llegó con la última explosión, el 6 de septiembre, a 540 kilómetros, la mayor altura jamás alcanzada en un ensayo nuclear. Aquel día, los habitantes de las Azores disfrutaron de una hermosa, aunque siniestra, aurora boreal. La película de la operación, filmada por el Gobierno de EEUU, explica que el desplazamiento de los electrones a lo largo del paralelo terrestre llevaba las partículas al este, hacia la Península Ibérica.

Christofilos pudo verificar algunas de sus teorías, pero no hay pruebas de que el cinturón de la muerte hubiese funcionado. Las explosiones fueron tal vez débiles, lo que limitaba el alcance de la dispersión de electrones. Pero según publicó un año más tarde en varios artículos científicos, los datos de los satélites y de las estaciones de tierra demostraron que sus electrones habían cubierto la Tierra. Ese mismo año, The New York Times descerrajó el secreto del mayor experimento del mundo, y la revista Life presentó a Christofilos como “el griego loco”.

Basándose en las teorías del científico, los ensayos exoatmosféricos prosiguieron hasta 1962. La Operación Dominic escaló las proporciones hasta 1,4 megatones –93 bombas de Hiroshima– a 400 kilómetros de altitud sobre el atolón de Johnston, en el Pacífico; fue el disparo Starfish Prime, el 9 de julio de 1962. Alumbró una aurora boreal de siete minutos, fundió líneas eléctricas y comunicaciones en Hawai, inutilizó siete satélites y creó un cinturón artificial de radiación que duró diez años. Curiosamente, los mismos que tardó en apagarse, de un infarto, la vida del ideólogo de la radiación atrapada en un cinturón mortal. Fue admirado por sus contribuciones a los aceleradores de partículas y a la física del plasma, pero como otros científicos de la Guerra Fría, creyó que era necesario liberar a la serpiente para conjurar el peligro de su mordedura. Dijo en una ocasión: “Antes de explorar otros planetas, debemos asegurarnos de que podremos seguir viviendo en el nuestro”.

Zar, la hija de Kruschev, la madre de todas las bombas

En 1961, la Guerra Fría escalaba hacia su cénit. Las dos potencias daban por liquidada una moratoria nuclear, y la partición de Berlín se cernía sobre el horizonte. En el intercambio de alardes de fuerza, el premier ruso Nikita Kruschev ordenó fabricar la mayor arma atómica jamás detonada. La Bomba Zar (de nombre en clave Gran Iván) se diseñó para una potencia de 100 megatones, reducidos a 50 –más de 3.300 bombas de Hiroshima– para disminuir la lluvia radiactiva, que caería sobre regiones pobladas de la URSS. El monstruoso ingenio se lanzó, desde un avión Tupolev 95 adaptado, sobre el archipiélago de Nueva Zembla, a las 11:32 del 30 de octubre de 1961. La explosión fue equivalente a 10 veces todas las bombas lanzadas en la Segunda Guerra Mundial, al 1% de la energía del Sol, o a la millonésima parte del impacto del asteroide que extinguió los dinosaurios. Por sus excesos, era inútil como arma.

El siglo del hongo atómico

Más de 2.000 tests nucleares

Según datos del Consejo de Defensa de los Recursos Naturales, entre 1945 y 1996 se efectuaron 2.045 ensayos nucleares, sumando atmosféricos y subterráneos. De ellos, 1.030 corresponden a EEUU, 715 a la URSS, 210 a Francia, 45 al Reino Unido, 45 a China, y uno a la India. El año más intenso fue 1962, con 178 explosiones.

18 bombas exoatmosféricas

Del 28 de abril de 1958 al 4 de noviembre de 1962, EEUU y la URSS detonaron un total de 18 bombas nucleares a una altitud superior a 20 kilómetros. La de mayor altura fue Argus III, a 540 km. Las más potentes, Hardtack Teak y Hardtack Orange (EEUU), ambas de 3,8 megatones y a alturas respectivas de 76,8 y 43 km.

Jugar con fuego

En 1962, tres ensayos fallidos de EEUU contaminaron de radiación el atolón de Johnston. La bomba Starfish Prime, detonada con éxito, apagó electricidad y comunicaciones en Hawai. La Operación K de la URSS dejó sin luz ni teléfono a grandes regiones y quemó una central eléctrica.

Víctimas de la Guerra Fría

Por un error de diseño, la bomba de EEUU Castle Bravo explotó con 15 megatones (2,5 veces lo previsto). La contaminación pudo afectar a 20.000 personas. En Kazajistán nunca se evacuó a casi un millón de habitantes. Hoy hay miles de damnificados y un museo que exhibe fetos deformes.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Un dispositivo de refrigeración experimental consigue un rendimiento del 250%

Fuente: La Flecha.

Los investigadores, de la Universidad Purdue, en un trabajo financiado por la corporación Intel, han conseguido en los experimentos realizados con esta tecnología incrementar el coeficiente de transferencia de calor (que describe la tasa de enfriamiento), hasta nada menos que un 250 por ciento.

Otras técnicas experimentales para mejorar la refrigeración están consiguiendo en torno a un 40 ó un 50 por ciento de mejora, por lo que un 250 por ciento es realmente notable.

Cuando se usó en combinación con un ventilador convencional de ordenador, el dispositivo experimental mejoró la eficacia del ventilador incrementando el flujo de aire hacia la superficie de un chip simulado. La nueva tecnología podría ayudar a los ingenieros a diseñar ordenadores portátiles más delgados que operen calentándose mucho menos que las máquinas actuales.

La nueva tecnología de enfriamiento podría ser introducida en los ordenadores dentro de 3 años, si los investigadores son capaces de miniaturizarla y hacer el sistema lo bastante robusto. A medida que se perfeccione la tecnología, dichos dispositivos de refrigeración se podrían integrar en productos portátiles de electrónica de consumo, incluyendo teléfonos móviles.

Se necesitan tecnologías de refrigeración avanzadas para ayudar a la industria a satisfacer dos objetivos tan difíciles de conciliar como son desarrollar ordenadores más compactos y ligeros, y lograr que sean más potentes aún para poder ejecutar los programas con creciente consumo de capacidad de computación que van surgiendo en el sector de los videojuegos, y en otros tipos de software que hacen un uso intensivo de gráficos.

En los ordenadores y la electrónica en general, potencia equivale a calor, de manera que es necesario encontrar formas de manejar el generado en laptops y PDAs cada día más potentes.

El dispositivo de refrigeración experimental, el cual fue fabricado encima de una maqueta de chip, funciona generando iones (átomos cargados eléctricamente) mediante el uso de electrodos cercanos entre sí. El dispositivo contiene un cable cargado positivamente, o ánodo, y electrodos cargados negativamente, llamados cátodos. El ánodo fue situado a unos 10 milímetros por encima de los cátodos. Cuando se hizo pasar voltaje a través del dispositivo, los electrodos cargados negativamente descargaron electrones hacia el ánodo cargado positivamente. A través de su ruta, los electrones colisionaron con moléculas de aire, produciendo iones cargados positivamente, los cuales entonces fueron atraídos hacia los electrodos cargados negativamente, creando un "viento iónico". Esta brisa incrementó el flujo de aire en la superficie del chip experimental.

Las tecnologías de refrigeración convencionales están limitadas por un efecto de "estancamiento". A medida que el aire fluye sobre un objeto, las moléculas de aire más cercanas a la superficie se mantienen estacionarias. Las moléculas más lejanas a la superficie se mueven progresivamente más rápido. Este fenómeno dificulta la refrigeración de los ordenadores porque restringe el flujo de aire donde es más necesario, directamente en la superficie caliente del chip.

La nueva técnica parece resolver de manera satisfactoria este problema usando el efecto del viento iónico en combinación con un ventilador convencional de ordenador para crear un flujo de aire inmediatamente adyacente a la superficie del chip.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Los experimentos con animales, en aumento

Fuente: swissinfo.

Luego de conocer un significativo descenso a finales del siglo XX, los ensayos con animales vuelven a incrementarse, según indica la Fundación Suiza de "Investigaciones 3R".

En su vigésimo aniversaio, esta organización respaldada sobre todo por la Confederación y la industria, propone otras opciones para sustituir este tipo de experimentos.

Entre los años 1983 y 2000, la cifra de los animales utilizados en experimentos médicos descendió de 2 millones a 450.000; es decir, en ese periodo se registró una reducción del 80%.

No obstante, la Fundación Suiza de Investigaciones 3R lanza un nuevo llamado de alarma porque, tanto en Suiza como en Europa va en aumento el uso de animales para fines experimentales: en 2005, medio millón de ellos terminaron en un laboratorio.

Durante una manifestación pública organizada para festejar los 20 años de existencia de la organización, el tema central giró en torno a la insistencia de que aún hay mucho por hacer para mejorar la situación de estos animales destinados a la experimentación.

En opinión del otrora legislador helvético Hugo Wick, miembro fundador y presidente de 3R, “actualmente hay muchos ratones manipulados que son utilizados en los estudios sobre fallas genéticas”.

Para estudiar determinadas enfermedades, los investigadores desactivan los genes de patrimonio hereditario del ratón remplazando o agregando elementos artificiales en el ADN.

La pérdida de esa actividad genética provoca con frecuencia cambios de apariencia y comportamiento en el animal, además de que otras características físicas y bioquímicas también resultan afectadas.

Tan solo para un proyecto de investigación se requieren con frecuencia de miles de ratones. De acuerdo a la Fundación 3R, unos 94.000 ratones genéticamente modificados han sido utilizados en 2005 en Suiza.

La Fundación fue creada en 1987 para promover la investigación y el desarrollo de métodos de experimentación que no recurriesen al uso de los animales. Justamente por ello las tres ‘R’, que significan: “reemplazar”, “reducir” y “reafinar”.

Primicia europea

“La creación de la fundación fue una primicia en Europa”, recuerda su vicepresidenta, la radical argoviana Christine Egerszegi-Obrist.

“Se trató de la primera asociación entre instituciones públicas e industria privada en el sector de la experimentación con animales. Hay otras muchas ahora, pero ninguna adaptada al financiamiento”, dijo en la conferencia que se realizó con motivo del aniversario de 3R.

Egerzegi-Obrist (actual presidenta de la cámara baja del Parlamento suizo) contrastó la situación suiza con la británica.

“En Inglaterra, los investigadores que hacen uso de animales reciben diario amenazas de los activistas en su contra y las reglamentaciones en la materia se han endurecido”, comentó.

Por el contrario, en Suiza “se busca que los diferentes actores estén listos para el diálogo”, sean del sector industrial, de organizaciones protectoras de animales o políticos.

Esta disposición para establecer el diálogo era “típicamente suiza”, subrayó.

Voz de la industria

Thomas Cueni, secretario general de la asociación farmacéutica suiza Interpharma agregó al respeto que esta característica inclinada al diálogo tiene sus raíces en la tradición de la democracia directa en la Confederación Helvética.

Cueni agregó cuán sorprendido estaba por el trato que las compañías que representa confieren a los animales utilizados en sus experimentos.

El representante de la industria farmacéutica asentó que, efectivamente, todo el aspecto de la experimentación con animales resulta ser un tópico espinoso, pero advirtió que Interpharma apoya en ese sentido las tareas de la Fundación 3R.

“Se trata siempre de un dilema: ¿Cómo proteger a la gente, pero evitando el sufrimiento innecesario en los animales?”, se preguntó al final de su participación en la conferencia.

swissinfo, Faryal Mirza
(Traducido por Patricia Islas)

viernes, 20 de julio de 2007

Fracasa el último experimento de la Agencia Espacial Brasileña

El cohete se encendió, despegó y se perdió en el cielo. Y esto último en un sentido algo más que visual o metafórico. Lo que pretendía la Agencia Espacial Brasileña era aprovechar la ingravidez para llevar adelante nueve experimentos científicos. Es posible que lo lograran; pero nunca sabremos los resultados porque la cápsula en la que se habrían realizado se perdió en mitad del océano. Por algún motivo, el sistema de detección por GPS no pudo indicar su posición exacta.

El lanzamiento del cohete era el primero después del desastre sucedido hace cuatro años en la misma base de Alcántara, Maranhao, al Noreste del país. Entonces, un incendió ocurrido en la misma vispera del lanzamiento de otro cohete se llevó la vida de 21 operarios y una buena parte de las instalaciones de la base. Aquella catástrofe frenó en seco las aspiraciones de Brasil de participar en la carrera espacial. Por eso la prueba de hoy tenía tanta importancia.

Y, en cierto modo, las cosas no salieron mal. El cohete hizo lo que de él se esperaba; pero no se pudo recuperar aquella parte que contenía los experimentos científicos. Por este motivo, los responsables de la operación prefieren no hablar de "fracaso".

El vehículo había sido construido en colaboración con la Agencia Espacial de Alemania. Tenía un coste de 1,25 millones de dólares. Y, de nuevo, deberá ser fabricado por entero ya que no se ha podido recuperar ninguna de sus partes. No obstante, la Agencia Espacial Brasileña sigue decidida a sacar adelante su programa espacial.

Fuente: El Mundo.