martes, 15 de mayo de 2007

El «eslabón» más próximo de humanos y simios vivió hace 29 millones de años

La clásica búsqueda del «eslabón perdido» —el antepasado común de hombres y simios que postulaba la teoría darwinista— ha resultado mucho más ardua de lo que en el siglo XIX imaginó Ernst Haeckel, el primero que designó esta ignota y supuesta criatura como el «Pithecanthropus», el «hombre mono». En nuestro linaje, más embrollado de lo que el propio Darwin pudo imaginar, son pequeños descubrimientos los que nos ayudan a conocer mejor a nuestros numerosos y venerables «abuelos», una cadena de «eslabones perdidos» que poco a poco vamos desenmarañando.

La última de las pistas la ha desenterrado el primatólogo Elwyn Simons, de la universidad norteamericana de Duke, en la depresión egipcia de Fayum, cerca de El Cairo. Según publica esta semana la revista «Proceedings», el científico y su equipo han analizado por micro-tomografía de rayos X un cráneo extraordinariamente bien preservado de «Aegyptopithecus zeuxis», un pequeño primate que habitó esta región hace 29 millones de años. Los resultados han sorprendido al propio Simons, por diferir de las conclusiones del examen del primer cráneo de esta especie que él mismo descubrió en la década de los 60.

Encrucijada evolutiva

La casilla que ocupa este animalito en la evolución de hombres y monos lo sitúa en un punto crítico de ramificación: más avanzado que los lemures —prosimios primitivos, que hoy solo habitan en Madagascar— y justo antes de la diferenciación de las distintas ramas de primates catarrinos: monos del viejo mundo, grandes simios y humanos.

Hasta ahora, el estudio de los fragmentos recuperados hizo creer a Simons que el «A. zeuxis» había adquirido ya un gran desarrollo craneal, que se habría transmitido a todos los descendientes de este lejano antecesor. Sin embargo, el nuevo cráneo, correspondiente a una hembra, es menor de lo esperado, y su cerebro podía ser incluso más reducido que el de un lemur. Esto induce a Simons a proponer que nuestro antepasado presentaba un acusado dimorfismo sexual en tamaño, es decir, que las hembras eran mucho más pequeñas que los machos.

Es más; por comparación entre la evolución de las características morfológicas de los primates y sus costumbres, Simons sugiere que el «A. zeuxis» ya formaba grupos sociales integrados por varios machos y hembras, como hoy hacen los gorilas, cuyos sexos difieren notablemente en su talla corporal. Si la hipótesis del primatólogo es cierta, el modesto cerebro de este mono primigenio ya le permitía comprender las normas que rigen una comunidad, como la más elemental de todas ellas: distinguir a los «propios» de los «extraños», lo que sería, para la época, toda una novedad.

Por último, el tamaño del córtex visual muestra que el «A. zeuxis» ya poseía la aguda visión que es típica de los primates, pero sus pequeñas cuencas oculares, en contraste con los enormes ojos que sus «abuelos» los lemures utilizan para ver en la oscuridad, incitan a pensar que este «eslabón perdido» ya había abandonado la vida nocturna de sus antepasados en favor de las costumbres diurnas de los monos actuales.


Fuente: ABC.es.

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